Inteligencia emocional: nuevas formas de educar – Tyra

Inteligencia emocional: nuevas formas de educar

Los centros educativos desempeñan la tarea fundamental del derecho a la educación. Su papel es vital para el desarrollo integral de nuestros niños. La inteligencia emocional forma parte de este desarrollo y las investigaciones describen que esas cualidades emocionales parecen tener importancia para el éxito. En el artículo de hoy, aprenderemos cómo se les puede enseñar a reconocer y controlar estos sentimientos para ayudarlos a enfrentar y superar los problemas normales del crecimiento.

¿Qué es?

El término “inteligencia emocional” fue utilizado por primera vez en 1990 por psicólogos estadounidenses, incluían en ella la empatía, la capacidad de adaptación, la expresión y comprensión de los sentimientos, el control de nuestro genio, la persistencia, la independencia, la simpatía, la capacidad de resolver los problemas en forma interpersonal, la cordialidad, la amabilidad y el respeto entre otras. Fue en 1995 con el bestseller Emotional Intelligence de Daniel Goleman cuando se impulsó este concepto en la conciencia pública.
El entusiasmo por la inteligencia emocional comienza a partir de sus consecuencias para la crianza y educación de los niños, pero se extiende al lugar de trabajo y prácticamente a todas las relaciones y todo aquello que emprende el ser humano. En los últimos años, la mayoría de escuelas utilizan algunas de estas herramientas: la mediación entre iguales, por ejemplo, constata que se reduce considerablemente las llamadas a los padres, las expulsiones e incluso la violencia en las escuelas. Además, se ha demostrado que los juegos cooperativos, donde todos ganan o todos pierden, han logrado construir cierta cohesión familiar y disminuir significativamente la ira y la agresión entre los niños.

¿Cómo hacerlo?

Los psicólogos recomiendan ayudar a los niños a hablar acerca de sus emociones como una forma de comprender los sentimientos de otros. Apuntan que más que palabras será de mayor utilidad enseñarles a los niños a comprender el significado de la postura, las expresiones faciales, el tono de voz y otro tipo de lenguaje corporal. Todo ello resultará un medio mucho más efectivo para mejorar la comprensión de sus emociones y las de los demás.
Para los niños de menos de nueve años, autores como Barkley, sugieren que se haga a través del juego. Programando un período de juego en una hora determinada varios días a la semana, asegurándonos de que esa hora sea respetada y coherente. Durante este período, educadores y padres deberán crear una atmósfera sin juicios, en la que exista interés, entusiasmo y aceptación. Seguiremos los siguientes consejos para generar tiempo de calidad o como el autor denomina “tiempo especial”:

  • Elogiar al niño por aquello que hace bien; por ejemplo, “¡Menudo dibujo lleno de colores estás haciendo!” debemos ser precisos, sinceros y evitando la adulación excesiva.
  • Demostrar interés por lo que está haciendo, participando en la actividad, describiendo lo que ve y reflejando sus sentimientos cuando sea posible; por ejemplo, “Parece que realmente te gusta que esos dos muñecos luchen entre sí. Pero no pareces enfadado, por lo que supongo que te diviertes luchando”.
  • No realizar muchas preguntas ni dar órdenes. Simplemente observamos y reflejamos lo que vemos, sin controlar o guiar.

Aunque nuestra vida se haya vuelto agitada y apresurada, debemos saber parar y reconectar, quizá podamos volver a sentir la magia de ser pequeño. Algunos juegos o actividades para practicar son:

  • UNA CARA, UNA EMOCIÓN: en este juego vamos a identificar la expresión facial cuando se está experimentado una emoción. Necesitaremos hojas de colores, lápices, gomas, rotuladores, tijeras, recortes de revistas con ojos, narices y bocas. Todo el material que se nos ocurra, y si es reciclado mejor. Iremos dando forma a caras nuevas y trabajaremos cómo se han sentido en el día, el porqué de esa emoción y que situaciones provocan que la sientan.  Generaremos un ambiente distendido donde conversar de manera abiertas sobre: qué emoción, en qué situación y cómo me he comportado.
  • INFLO MI PROPIA EMOCIÓN: trabajaremos en qué momento han sentido que no ha podido expresar sus emociones. Necesitaremos globos de colores y explicaremos el símil entre nuestras emociones y los globos, donde el aire lo llenará poco a poco y si no las manejamos adecuadamente puede explotar como una bomba. Mientras jugamos podemos debatir sobre en qué momentos me siento como el globo, qué emociones lo llenan, y qué poder hacer para evitar que el globo explote.
  • MIS CAJITAS DE COLORES: Identificaremos qué emociones experimentan. Necesitaremos lápices, ceras de colores, hojas de colores, tarros de cristal reciclados con tapa. En cada tarro escribiremos cada emoción. A lo largo de la semana iremos llenado nuestros tarros con situaciones donde hayamos sentido dichas emociones. Cuando estén llenos, los vaciaremos y leeremos en clase o en familia, conversando y creando un espacio de reflexión.
  • YO CONFÍO: Trabajaremos la confianza en familia. No es necesario material, aunque podemos apoyarnos en almohadas o cojines grandes. Nos colocamos de pie detrás del niño y le pedimos que se deje caer hacia atrás. Lo tomamos por debajo de las axilas. Se pueden invertir los papeles. Si el niño es demasiado pequeño, se puede demostrar con otros miembros de la familia. Los niños disfrutan y aprenden viendo a sus padres confiar el uno en el otro.

Tras las actividades será importante guardar un tiempo para compartir cómo nos hemos sentido y afianzar si nos hemos divertido. Debemos tener en cuenta que cuando explicamos estas situaciones a nuestros niños, detallando los hechos desde nuestro punto de vista, ellos aprenden que tenemos la fuerza emocional para examinar y enfrentar incluso la situación más penosa. Esto transmite en forma implícita el mensaje de que ellos pueden hacer lo mismo.
Hemos visto cómo la educación emocional juega un papel esencial en cada espacio de la vida de las personas y aún más en la de los niños, ya que se les concibe desde un punto de vista holístico y preventivo, con ello, vamos a mejorar su estilo de vida, con relaciones personales más saludables.  Las investigaciones comparten la visión de que el ser humano nace con un potencial por desarrollar y que la función principal del educador es acompañar a los niños en su proceso de aprendizaje, evolución y madurez emocional. Estos programas tienden a reducir el estrés en el aula, en el hogar, cultivan la alegría, el orgullo y confianza en uno mismo, fomentan la vinculación social, todo ello apoya los esfuerzos para mejorar sus competencias y el rendimiento académico.
Por tanto, nos ponemos en marcha en el camino de la educación con la mochila llena de herramientas para hacer frente a la nuevas experiencias e imprevistos que puedan surgir. ¿Te vienes?

–     Bisquerra, R. (2001). Educación emocional y bienestar. Barcelona: Praxis.
–     Shapiro, L. (1997). La inteligencia emocional de los niños. México. Vergara Editor, S.A.

Autora: Belén Aglio, Psicóloga.