Normas y límites: cómo y cuándo – Tyra

Normas y límites: cómo y cuándo

Muchas veces los padres se quejan de comportamientos en sus hijos, que ellos mismos inconscientemente, han contribuido a modelar. La falta de normas o de hábitos de comportamiento generará conductas disruptivas. En el artículo de hoy aprenderemos cómo crear normas y límites en el entorno familiar.

Las normas y los hábitos de conducta se van creando en el niño durante el proceso de socialización. La socialización primaria en la familia es clave para la formación de futuros ciudadanos adultos, responsables y comprometidos con la sociedad. Esta socialización se consigue ejerciendo una parentalidad responsable y positiva, basada en los derechos del niño, en el afecto y también en el establecimiento de normas y límites.

El niño va captando las normas vigentes en su ambiente próximo a través de una serie de mecanismos que son manejados tanto consciente como inconscientemente por los padres. En general se trata de aprendizajes sociales, donde se aprende por imitación, también influye el interés y el rigor con que los padres van poniendo tales normas. Solo un niño sometido a un ambiente sin normas, con pocas palabras o poco claras, cambiantes y/o arbitrarias, tiende a desarrollar las suyas propias.

Cuando los padres se quejan de que el niño no obedece, o de que es desordenado, falto de higiene, mentiroso, impuntual o poco colaborador, no hacen sino transmitir su fracaso en la implantación de normas para conductas de obediencia, de orden de higiene de sinceridad, de puntualidad o de cooperación. Como en todas las conductas funcionales, el tratamiento debe hacerse a través del ambiente.

Las normas

Mantener unas normas claras es estrictamente necesario si queremos conseguir que el niño alcance una conducta adecuada. Las normas deben ser explícitas, concretas y conocidas por toda la unidad familiar. Su cumplimiento debe ser muy estricto. Es justo en el momento de hacer cumplir la norma, que debemos temer mostrarnos rígidos, salvo en circunstancias de fuerza mayor. Los expertos en la materia explican que la rigidez, en sí misma, no causa trastornos mientras se mantenga como sinónimo de rectitud, pero las nomas debes ser:

  • Normas pertinentes, no imponer normas imposibles de cumplir o desfasadas, sería un error, por ejemplo, obligar a un/a adolescente a volver a casa a una hora impropia en relación a la hora que vuelven la mayor parte de sus amigos.
  • Normas estables, no deben ser arbitrarias, ni variar de unas veces a otras y sin que nuestros hijos puedan predecirlas. Ocasionalmente, lo hacemos en base a nuestro estado de ánimo, si estamos de buen humor nos mostramos relajados y permisivos, mientras que, si estamos de mal humor, somos más severos o intransigentes. Con estas prácticas estamos generando desconcierto y ansiedad a nuestros hijos que no pueden predecir ni prever el resultado de sus acciones.
  • Coherencia en quien pone la norma. Cuando cada miembro de la pareja expresa un mensaje opuesto (por ejemplo: uno permite y el otro niega) produce gran confusión a través de la incoherencia.
  • Normas compatibles con las que se imparten en los centros educativos y en el medio en el que se crían. No es útil que las normas entren el conflicto en los diversos microambientes en que se desenvuelven.

En definitiva, se trata de ser consecuentes y congruentes con las normas que predicamos. Y estar dispuestos a aceptar las normas que pretendemos imponer a nuestros hijos, predicando con el ejemplo. No generar confusión, ya que se dificulta su adaptación, tampoco imponer amenazas que después no podamos cumplir.

Los límites

Los límites en una crianza deben ser el respeto y la responsabilidad. Debemos ofrecer una crianza de calidad. Todo lo que cruce esa línea debe ser un aspecto a mejorar en uno mismo como padres pero sobre todo como persona. Educar con afecto implica también establecer límites. El niño o la niña necesita orientaciones sobre cómo vivir en familia y cómo respetar los derechos de los demás para vivir en sociedad.

Es fundamental poner límites para que entienda que no puede conseguir todo lo que quiere, cuando quiera. De esta manera, desde que son muy pequeños le enseñamos a tolerar sus frustraciones. Asimismo, es importante que entiendan que sus padres están interesados en ellos, pero no siempre pueden estar disponibles y también necesitan descansar. Enseñarles autocontrol es un proceso lento en el que el niño, poco a poco, aprenderá a aceptar desilusiones y a posponer recompensas.

En cuanto al cachete o el insulto como límite, no es aconsejable, puesto que nuestro hijo/a entiende el dolor y la humillación que provoca ese cachete y lo asocia a que, si no acata las órdenes, se le castiga de esta manera. Se ha demostrado que el castigo físico no es eficaz y, lo que es peor aún, el niño aprende que amor y violencia pueden ir de la mano, que el más fuerte puede ejercer el poder sobre otro para imponer su voluntad, o que la inmediatez de la fuerza es más útil a la opción del diálogo y el establecimiento de límites.

En general, la mayoría de las personas siente cierta resistencia hacia las normas y límites impuestos, aquellas que se deciden sin tener en cuenta su opinión. Por el contrario, cuando las personas participamos activamente en una decisión o en una regla que les afecta se sienten más motivados a cumplirla. Los adultos debemos guiar este proceso y tratar de llegar a acuerdos justos para toda la unidad familiar. Esto no es lo mismo que dejar al niño imponer su voluntad, pero se pueden discutir y consensuar. Es verdad que la opción del diálogo y el establecimiento de normas y límites requiere más esfuerzo, tiempo y dedicación, pero los resultados son muy positivos: ¿no vas a intentarlo?

 

Bibliografía

  • i Bes, J. R., Amador, J. A., & i Bes, J. R. (1990). Trastornos psicológicos en pediatría. Doyma.
  • González, R. R. (2012). ¿Quién te quiere a ti? Guía para padres y madres: Cómo educar en positivo.

Autora: Belén Aglio, Psicóloga.